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* La Leyenda de Xallapan
* La leyenda de la mulata de Córdoba
* La Vaca de Don José Julián Rivera
* Nahuani y Ahuilizapan
* El callejón del diamante
* La Casa de la Condesa de Malibrán
* La cueva del encanto
* La sirena de Tamiahua, la Ninfa de la Huasteca
* La Tapacaminos
* La niña del ángel
* La Llorona
* El perro prieto
* El niño llorón
* La joya de monedas de oro y la sirena
* El Sambomono
* Danza de los negritos
Las
leyendas de Veracruz
En México, existen mitos y leyendas que
tienen décadas entre el pensamiento popular. Muchas de ellas tienen origen en
la época de la colonización, algunas incluso antes, mezclando aspectos de la
culturas indígenas con influencias de los españoles.
Veracruz no solo fue el primer
asentamiento de los españoles sino también el punto de origen de la cultura más
antigua de Mesoamérica, la Olmeca.
* La
Leyenda de Xallapan
Corría el año de 1500, mucho antes de la
llegada de los españoles. En los primeros cuatro barrios de Xallapan, ya había caseríos de
distintas razas que la rodeaban, como Coatepec, Xico, Xilotepec, entre otros.
Los pueblos se unían por estrechas selváticas veredas que comunicaban las
diversas lomadas.
En ese entonces, unos de los reyes
aztecas mandó una expedición a conquistar gran parte de los reinos
veracruzanos. A la llegada, los guerreros se asombraron de la gran variedad de
pájaros de coloridos plumajes, que revoloteaban sobre un lago azul. Se
acercaron más, como hechizados, y recibieron una gran sorpresa al ver que el
agua se convertía en un jardín con hermosas flores que jamás habían visto. En
su centro se encontraba una joven ataviada con un bello huipil, de quien
provenían delicados perfumes. Ella los saludaba, dándoles la bienvenida y
pidiéndoles que se acercaran.
Con temor y admiración, los aztecas
accedieron al pedido de la doncella. La joven les advirtió enérgicamente que, a
pesar del vasallaje, el lago y el jardín serían sitios en los que ella
reinaría, protegiéndolos. También añadió, como profecía, que ese lugar sería el
nacimiento de una gran cultura y una importante ciudad, custodiadas eternamente
por el Citlaltépetl. Así fue como nació Xallapan.
* La
leyenda de la mulata de Córdoba
Esta leyenda tiene una parte verídica,
ya que existe un expediente de este caso en el Archivo General de la Nación en
la Ciudad de México. Data del siglo XVI, cuando la Santa Inquisición acusó de
brujería a una mujer mulata. Se dice que en la ciudad de Córdoba vivía una
bella mujer llamada Soledad, que daba la impresión de nunca envejecer. El rumor
era que tenía un pacto con el diablo.
En realidad, Soledad era una gran
herbolaria. Se dedicaba a curar todo tipo de enfermedades en su comunidad,
favoreciendo la salud de quien buscaba su ayuda. Sin embargo, su belleza
también provocaba envidia. De ella se sabía que era una mujer solitaria y un
tanto huraña, que rechazaba abiertamente a pretendientes, fueran estos ricos o
pobres. Uno de ellos fue Don Martín de Ocaña, alcalde de Córdoba quién,
despechado, comenzó a hacer correr el rumor de que ella era una bruja y que le
había dado un brebaje que justificaba su malsana pasión por ella.
Aunque muchas personas del pueblo le
debían favores a la mulata, por el miedo de ir en contra de la religión
católica y ser juzgados por la Santa Inquisición, cuando fueron interrogados
por las autoridades eclesiásticas, muchos aseguraron que la escuchaban reír a
media noche, que la vieron volar por encima de los tejados, y las muchachas
decían que ella las buscaba para venderles pociones de amor y hechizos para
amarrar al ser querido. La mujer hacía caso omiso a lo que se decía por ahí y
seguía acudiendo a misa cada domingo.
La Inquisición la mandó a arrestar,
acusándola de practicar hechicería. La mulata fue sentenciada a la hoguera y
fue encerrada en la cárcel de San Juan de Ulúa.
Fue ahí en donde ella, valiéndose de la
belleza que le había traído tanta desgracia, convenció al jefe de los
carceleros de llevarle un poco de carbón, para que pudiera entretenerse
dibujando en las paredes. Faltando un día para su ejecución, el jefe fue a
verla y ella le mostró su último y más bello dibujo: un espléndido bergantín
con sus velas hinchadas por el aire del mar.
-¿Qué te parece? preguntó ella al
hombre, impresionando por el realismo con el que estaba plasmado. -¿Qué le
falta a este barco?- le preguntó ella de nuevo. -Navegar mi señora, contestó
subyugado. -Pues mira como navega- respondió la mulata y, ante el asombro del
carcelero, saltó a la embarcación, se mezcló con el dibujo de la pared y el
barco comenzó a alejarse hasta desaparecer para siempre. Minutos después, echando
en falta a su jefe, bajaron otros guardias al calabozo, para encontrar que la
presa ya no estaba y el carcelero había fallecido.
Dice la voz del pueblo que, a pesar de
que ese día el puerto estuvo cerrado debido a una gran tormenta eléctrica, pudo
verse como, más allá de las escolleras, se perfilaba la figura de un gran
barco, entre la lluvia y el viento del norte, con rumbo a mar abierto.
*La
Vaca de Don José Julián Rivera
Nos dijo entonces que, por esos rumbos,
en la hacienda del Horcón, hay una vaca ligera que dicen que la regala su dueño,
el hacendado don José Julián Rivera; pero es hoy día que nadie, ni siquiera el
más diestro de los vaqueros, la ha podido agarrar. Unos dicen que es un
fantasma, otros que una mujer embrujada, pero lo que es cierto es que ella
sigue ahí, libre y causándole enojos al mentado don Julián, quien la padecerá
hasta que se muera.
Y nos dice pues José Ángel que la
historia empezó cuando, una noche, en los portales de Veracruz, Arcadio Amador
(amigo personal del mencionado hacendado) vio a una mujer que le pareció
conocida. En medio de la borrachera, se acercó al grupo de hombres que estaban
acompañados de varias "malas" mujeres, (de esas que salen solas de
noche) y reconoció en una de ellas el rostro de Inés Adriana, esposa de Julián.
Aunque de una forma y color extraño, detalle por el cual culpaba a la cantidad
de alcohol ingerido, a Arcadio no le cupo la menor duda de que se trataba de
ella. Temprano a la mañana siguiente, se dirigió a la hacienda a confesarle a
su amigo su hallazgo, pero éste no le quiso creer, arguyendo que, de noche,
nadie sale de la hacienda, cerrada a cal y canto; mucho menos su mujer a quien mantenía ahí encerrada desde
que se la llevó a vivir con él. Al insistirle, José Julián accedió a que esa
misma noche, escondido en el ropero, su amigo espiara a Inés Adriana y se
cerciorara de que no saliera de su habitación.
Llegada la noche y como de costumbre, la
sumisa esposa enviaba a dormir a su marido tras haberlo obsequiado con un té de
su preparación, que lo pondría a dormir hasta el día siguiente. Entró a su
cuarto, encendió el quinqué y, despreocupada, comenzó a desvestirse. Prenda por
prenda, parsimoniosamente, la hermosa mujer fue quedando desnuda, mientras que
tras una rendija del ropero, Arcadio Amador, inmóvil, presenciaba un espectáculo
que no hubiera creído ni por todos los brujos de Catemaco juntos. Pero eso no
fue todo. De pie y muy delicadamente, la mujer entonces comenzó, empezando por
la punta de los dedos de los pies, a quitarse la piel; poco a poco, subiendo
por las rodillas, siguiendo por las caderas, la espalda, el vientre, el pecho,
los brazos y por último, la cabeza, la mujer fue quedando en carne viva,
encendida. Con mucho cuidado dobló su piel y la colocó sobre el buró.
No repuesto aún por la impresión de
semejante imagen, sufrió Arcadio una más al ver a la mujer súbitamente
convertirse en Arbolaria. Ante sus ojos se hallaba la transformación de la
bella mujer en enorme pájaro, que al batir sus alas emitía un sonido siniestro,
inimaginable. La criatura entonces, saltó a través de la ventana y brincó de
árbol en árbol (de ahí su nombre) hacia su noche de libertad, rumbo a los
portales de Veracruz.
Aturdido, corrió Arcadio a despertar a
su amigo y contarle las terribles imágenes que había presenciado. Viendo que
éste se mantenía obstinado en no creerle, lo llevó a la habitación de su esposa
y le mostró la prueba fehaciente: la piel, que ahi seguía, dobladita en el
buró. Hinchado en rabia y sintiéndose intensamente traicionado, el hacendado
gritó, manoteó y por último, ordenó a su amigo: "¡Vete a buscar a
Bartoldo, Ataúlfo y Candelario. Les pides dos kilos de sal gruesa y que se
vengan para acá inmediatamente!". De vuelta los cuatro, comenzaron a
esparcir la sal por todo el interior de la piel, volviéndola a dejar nuevamente
en su sitio. José Julián distribuyó entonces a los otros tres afuera de la
habitación, fue por su rifle y su pistola, le dio a Arcadio una escopeta y,
juntos, se escondieron nuevamente en el ropero.
De vuelta la susodicha, feliz y cansada
por las candentes experiencias vividas esa noche, Inés Adriana se dispuso a
meterse nuevamente en su piel, pero al primer contacto de la sal con su carne
viva, ésta soltó un chillido agudo, inhumano, mientras se retorcía cambiando de
imagen constantemente: mujer, arbolaria, mujer, arbolaria, una y otra vez. El
infamado esposo salió del ropero y descargó su revólver sobre la mujer, pero
ésta no se moría. Dispararon entonces los otros rifles, escopetas, sacaron
cuchillos, machetes, palos, hasta el quinqué.... pero la criatura no sucumbía;
al contrario, comenzó a sufrir otra transformación. Entre gritos, aleteos y
contorsiones, la mujer adquirió la apariencia de una vaca quien, embravecida,
se abrió paso hacia afuera. Hasta ahí la siguieron los cinco hombres, quienes
tomando turnos, intentaron lazarla. Haciendo gala de gran destreza y siendo
todos estupendos lazadores, arremetieron contra el animal, causándole a éste
caídas, arrastradas, magulladuras y sufriendo infinidad de cuerdas reventadas.
Incluso Arcadio y José Julián, ambos famosos en el rumbo por su habilidad con
el lazo, sucumbieron ante la bravura del animal, quien por su parte, se
divertía riendo, llegando incluso a atravesar a los hombres, cual vapor o
neblina del monte.
Desde ese día, cientos de vaqueros,
arrieros, lazadores, curiosos y uno que otro loco, han intentado, sin suerte,
agarrar a la vaca de don Julián, que ahí sigue, apareciéndose de pronto a su
marido para causarle enojos y otras, riendo feliz por su libertad adquirida.
*Nahuani
y Ahuilizapan
De acuerdo a esta leyenda, en tiempos de
los olmecas había una guerrera llamada Nahuani que tenía de fiel amiga a un
águila llamada Ahuilizapan. En una batalla Nahuani quedó tan herida que murió.
Ahuilizapan, triste por la pérdida de su amiga se elevó al cielo para luego
dejarse caer en picada.
En el sitio donde cayó su cuerpo se
formaría tiempo después el Pico de Orizaba, también conocido como Citlaltépetl.
Se dice que cuando el volcán hace erupción es porque Ahuilizapan recuerda la
muerte y se pone furiosa.
* El
callejón del diamante
En la Ciudad de Xalapa, capital del
estado de Veracruz, se encuentra un callejón cuyo nombre real es Primera de
Antonio María de Rivera, mejor conocido como el Callejón del diamante, donde
hoy día existen restaurantes, cafeterías, artesanos y tiendas muy concurridas.
La leyenda dice que, durante la colonia,
vivía en ese callejón una joven criolla de gran porte y hermosura, cuyo esposo
era un rico caballero español, noble y distinguido. Él quería mucho a su esposa
y, cuando le pidió matrimonio, le obsequió una sortija con un diamante negro.
La gente, extrañada por la exótica joya, aseguraba que era mágico. El esposo,
entre risa y broma, solía comentar que el anillo tenía el poder de intensificar
el amor del marido y le concedía el don de descubrir la infidelidad de la
amada.
El caballero tenía un socio al que
quería como a un hermano. Quiso el destino que entre la dama y el socio
surgiera una pasión prohibida. El marido tuvo que hacer un largo viaje a la
Ciudad de México y ella aprovechó para ir a casa de su amante, donde olvidó el
anillo en una mesa cerca de la cama. Cuando regresó el caballero, conforme se
acercaba a Xalapa, tuvo una sensación extraña de incomodidad y desasosiego,
decidiendo llegar primero con su amigo, a quién encontró en su alcoba durmiendo
una siesta. Lo primero que vio fue el anillo de su esposa. Sin hacer ruido, lo
tomó y se dirigió a su hogar, desconsolado y con el corazón roto.
Al llegar, se dirigió a la habitación
matrimonial donde encontró a su mujer, que lo recibió con un abrazo. La
tristeza que aquel hombre sentía se convirtió en rabia y, enloquecido de celos,
desenvainó su puñal y lo clavó en el pecho de la mujer, matándola casi al
instante. La levantó en brazos y la llevó hasta su cama, ahí le arrojó el
anillo, salió de su casa y nunca más se supo de su paradero.
Al poco tiempo, los vecinos empezaron a
contar que, algunas noches, era posible ver la silueta de una mujer que
caminaba apresurada por la callejuela. A veces, solo escuchaban la voz femenina
que pedía a su esposo que la perdonara y, cuando algún valiente salía para
verla, la silueta se desvanecía inmediatamente.
* La
Casa de la Condesa de Malibrán
En el Veracruz amurallado, los porteños
rumoraban acerca de las cosas extrañas que pasaban en la casa de una mujer
extranjera, muy bella pero muy altiva.
Se sabía que era esposa de un conde de
la corona española de apellido Malibrán y que viajaba continuamente. Sus
vecinos decían que ella acostumbraba visitar muy seguido los arrabales para ver
a una anciana que practicaba la brujería, desesperada porque no podía tener
hijos.
Lo que en realidad asustaba a sus
vecinos eran las escandalosas fiestas que organizaba en su mansión durante la
ausencia de su esposo y que se prolongaban hasta el amanecer, momento en el
cual la dama despedía a sus sirvientes para quedarse sola con un varonil
acompañante, generalmente un marinero apuesto y joven, al que solía abordar en
los muelles, a donde llegaban barcos de todas partes del mundo.
Lo peor era que se sabía que muchos de
esos amantes de turno no volvían a sus barcos y nada se volvía a saber de
ellos.
Un mal día para la condesa, su marido
llegó sin avisar a nadie. Encontró a su mujer en su alcoba, muy bien
acompañada. Enfurecido, se abalanzó sobre los infieles, matándolos con su espada.
Uno de sus esclavos le dijo que lo ayudaría a deshacerse de los cuerpos, pero
que antes debía contarle todo lo que él sabía sobre su esposa. Lo llevo a un
foso que se situaba al fondo de su propiedad, el cual estaba lleno de lagartos.
El asustado conde no daba crédito a todo lo que su sirviente le contaba.
A ese foso eran llevados los cuerpos de
los amantes de una noche, que la condesa asesinaba al amanecer para no dejar
huella de su infidelidad. Lo más horrible era que, antes de llevarlos ahí, los
cuerpos eran desangrados y la sangre se usaba para que la condesa se bañara:
era la receta de la bruja, para propiciar un embarazo y mantenerla joven y
bella.
El conde ordenó arrojar los cuerpos de
los amantes al foso. Apesadumbrado, el hombre perdió la cordura casi al
instante y durante mucho tiempo se le vio caminando fuera de la casa gritando
«¡Que muera la condesa de Malibrán!». La casa existe todavía, aunque en ruinas.
Quienes viven cerca dicen que desde entonces y al pasar de varios siglos, se
escuchan lamentos y quejidos, ruidos de arañazos en ventanas y puertas desde el
interior de la propiedad y que, en ocasiones, se puede ver la silueta de una
mujer riendo a carcajadas, que entra y sale por la puerta principal.
* La
cueva del encanto
El 24 de junio es el día de San Juan y,
en muchos poblados de Veracruz es considerado “el día del encanto”. A lo largo
del estado hay muchas cuevas que son honradas con flores, pero sutilmente
vigiladas para impedir que la gente se introduzca en ellas en ese día. Esta
leyenda no se puede ubicar en un solo lugar geográfico, porque se repite a lo
largo de todo el estado y tiene como locación a muchas cuevas distintas.
Jacinto era el mejor herrero en su
pueblo. Desde niño, se sentía atraído a la cueva, pero la piedra que cubría la
entrada era muy pesada y solo conseguía mirar hacia adentro por una pequeña
grieta. Aún así, él sentía que la cueva lo llamaba.
Un 24 de junio se decidió a ir y se
encontró con que la cueva estaba abierta y la enorme piedra a un lado.
Entusiasmado, quiso acabar con su curiosidad y, al entrar, grande fue su
asombro al llegar a un gran salón bellamente adornado con miles de velas. Había
mesas cubiertas de manteles y cristalería que le pareció muy fina.
Sobre cada una había espléndidas
viandas, mejores que las que había visto en la casa de los ricos del pueblo.
Además, la luz de las velas provocaba el destello de una cantidad infinita de
monedas de oro y joyas con piedras preciosas, que rebozaban los grandes baúles
al fondo del salón.
-¿Y si se tratara del escondite de los
piratas que asolaban al Puerto de Veracruz?, pensó Jacinto. Pero sus
pensamientos fueron interrumpidos por un grupo de mujeres ricamente ataviadas
que lo llevaron a una de las mesas, donde le sirvieron vino y manjares.
Embelesado, quería ver el rostro de las
mujeres, oculto tras un velo y que a él se le antojaban bellísimas. Mientras
devoraba la comida, vio la figura de un hombre alto y moreno vestido con ropa
muy fina, que se acercaba a él. El imponente hombre finalmente tomó asiento a
su lado y se presentó como propietario de la cueva.
Jacinto, al verlo, tuvo miedo y decidió
marcharse. Sin embargo, el hombre misterioso no lo dejó ir, pidiéndole que
primero terminara todo lo que había en su mesa. Además le hizo prometer que iba
a regresar al tercer día. Finalmente, lo dejó ir.
Jacinto nomás llegar a la entrada corrió
como alma que lleva el diablo. Al llegar a su pueblo, sus vecinos no podían
creer que era él, pues desde hacía varios meses que lo habían dado por muerto.
Así se dio cuenta que lo que él creyó eran un par de horas era, en realidad,
todo un año. Aprovecho la atención del poblado entero para contarles las
maravillas que sucedían en la misteriosa cueva.
Jacinto desapareció al llegar el tercer
día de haber regresado. Sus vecinos lo encontraron muerto, atrapado entre la
cueva y la piedra. Se dice que desde entonces, nadie ha podido mover la enorme
roca; la gente cree que funciona como una entrada a otra dimensión. Así que
estás avisado, si andas curioseando en alguna cueva y un lugareño te pide que
no entres, más vale que no lo hagas, y recuerda esta leyenda, no vayas a ser el
siguiente Jacinto…
* La
sirena de Tamiahua, la Ninfa de la Huasteca
Por años, las sirenas han sido seres
míticos que normalmente suelen engañar a marinos para obtener algo a cambio.
(Imagen ilustrativa) Foto: veracruz.mx
Hace muchos años, en Rancho Nuevo, un
pueblo que existió entre Tampache y la hacienda de San Sebastián, dentro del
municipio de Tamiahua, vivían una viuda llamada Damacia, acompañada de su
hermosa hija Irene, una joven de tez morena, ojos aceitunados y larga cabellera
negra.
En una ocasión, durante un jueves santo,
Irene había ido a traer leña por el rumbo de paso de piedras, un acto prohibido
en esos días. Al retorno a su casa, la joven llegó sucia por el trabajo
realizado, por lo que le dijo a su madre que tomaría un baño, su madre le
contestó “no hija te condenarás, en estos días no debemos agarrar agua, mucho
menos bañarnos”, pero Irene tomó un jabón y se fue rumbo al pozo a lavarse la
cara. Minutos más tarde, su madre escuchó unos gritos de angustia. Era Irene
quien gritaba pidiendo ayuda, de pronto sus gritos se convirtieron en lamentos.
Cuenta la leyenda que en medio del pozo
se levantó una gigantesca ola y ella se convirtió en otro ser. Su boca se hizo
de pez, sus ojos más grandes, su negra cabellera y su piel se tiñeron de rojo y
sus piernas desaparecieron, formándose debajo de la cintura una cola de pez,
babosa y con escamas.
La inmensa ola arrastró su cuerpo por el
río rumbo al mar. Inmediatamente, los lugareños la siguieron en pequeñas
lanchas hasta la laguna y cuando estaban a punto de alcanzarla se apareció un
extraño barco de madera viejo, destrozado y feo. De pronto ella saltó hacia él,
con una sonrisa burlona y cantos macabros que decían “peten ak, peten ak”, que
significa giren, giren o circulen, en huasteco.
A partir de ese momento, Damacia, la
mujer que se quedó viuda y sin su hija, y cada jueves santo se dirigía a la
playa con la ilusión de volver a ver a su hija Irene.
Los pescadores cuentan que cuando oyen
sus fúnebres cantos se alejan del lugar porque aquel que la vea sufre
desgracias. La sirena se convierte en una rubia y hermosa mujer de dulce voz
pero cuando los pescadores se acercan a contemplarla, un espectro voltea sus
lanchas y se embravecen las olas del mar.
* La
Tapacaminos
En la carretera que va a Xalapa rumbo a
Perote, a la altura del antiguo rastro de esta capital, cuando es de noche, ya
muy tarde, y hay neblina o llueve, a los chóferes de los camiones o cualquier
persona que vaya manejando sola un coche, se le aparece al borde de la
carretera una muchacha muy guapa y arreglada, pidiendo aventón. Si no se lo
dan, vuelve a aparecer más adelante, haciendo señas con las manos y con el
cuerpo para que la recojan y la lleven a donde ella quiere ir.
Y todo aquel que no se lo da, se le
aparece una calavera dentro de su vehículo en la parte de atrás, que el chófer
puede ver por el espejo retrovisor.
Cuando el conductor aterrorizado voltea
la cabeza aquella ya no está, y no se le ve por ningún lado. Muchos de los que
han vivido la experiencia se van a confesar porque se les remueve el
sentimiento de culpa, y creen que es algún castigo. otros piensan que se debe a
que en esa carretera asustan y no es bueno manejar de noche, algunos más dicen
que es una tentación y sirve como prueba, ya que aquellos que suben a sus autos
a la «tapacaminos» son los que sufren los accidentes.
* La
niña del ángel
El origen de esta leyenda se remonta al
año de 1908, cuando una pequeña de dos años murió mientras jugaba con unas
velas. Los padres contrataron al escultor italiano Reinaldo Cuagnelli, para que
realizará dos esculturas de mármol para la tumba de su hija, una de la pequeña
de dos años, recostada, y otra de un ángel guardián que la cuidará con sus
alas.
Las esculturas se encuentran en el
cementerio municipal “Juan de la Luz Enríquez” junto con los restos de la niña
Ana María Dolores Segura y Couto. Algunos dicen que en las noches se puede ver
a los ojos del ángel brillar o a la niña paseando entre las tumbas.
* La
Llorona
La siguiente leyenda es tan antigua que
ha sido atribuida a muchos lugares y cada uno tiene su versión. La leyenda de
la llorona tiene diversas variantes, pero una de las más populares es la de una
mujer indígena que se enamoró de un hombre español.
De esta relación nacieron tres hijos a
quienes la mujer quería demasiado. Aunque ella le pidió al hombre que se
casaran en varias ocasiones, él siempre le dio excusas para no hacerlo. Pasó el
tiempo y el hombre se separó de la joven indígena para casarse con una mujer
española de sociedad. La joven, destrozada por lo ocurrido, se volvió loca de
dolor y asesinó a sus tres hijos ahogándolos en un río.
Luego de matarlos volvió en sí, y al
darse cuenta de lo que había hecho se suicidó por la culpa. Desde entonces, se
dice que se puede escuchar el llanto desgarrador de la mujer a las orillas de
los ríos.
* El
perro prieto
Se cuenta que en Alvarado había un
hombre que causaba destrozos por todos lados, robaba y molestaba a las mujeres.
Las personas se hartaron y decidieron sacarlo del lugar, pero no le volvieron a
ver.
Al poco tiempo de esto, una señora se
topó con un perro al salir de sus compras que la miraba furioso y no la dejaba
pasar. Al día siguiente cuando ella intentó darle de comer el perro la mordió.
El perro continuó aterrorizando a las personas del lugar hasta que un día un
hombre lo golpeó con un vara hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Cuando la
gente se acercó a verlo, el animal se paró y se arrancó la piel de la cara,
revelando bajo esta al hombre que había estado causando destrozos tiempo atrás.
Luego de esto el hombre huyó y nunca más se le volvió a ver.
* El
niño llorón
Esta historia está situada en la laguna
de Ojo de Agua, en Orizaba. Se cuenta que un trabajador que pasaba por allí y
escuchó el llanto de un niño, después de buscarlo lo encontró sentado al pie de
la laguna.
El niño le dijo que estaba perdido y le
pidió el favor de cargarlo hasta la iglesia de Potrerillo. El señor aceptó y el
niño le dijo que no volteara a verlo hasta pasar la primera iglesia que
encontraran.
Cuando se acercaban a la iglesia, el
señor empezó a escuchar unos ruidos extraños y miró al niño; en vez del niño
había un monstruo que reía horriblemente. El señor soltó el niño y entró a la
iglesia asustado.
Se dice que cuando ese monstruo lograra
entrar a una iglesia, la laguna de Ojo de Agua se desbordaría e inundaría a
Orizaba, causando muerte y destrucción.
* La
joya de monedas de oro y la sirena
En Orizaba vivía un hombre muy rico con
una gran casa. Como tenía tanto dinero, decidió enterrar una olla llena de
monedas en un ojo de agua.
El hombre colocó la estatua de bronce de
una sirena al lado de la olla para que la vigilara. Sin embargo, pasaron los
años y el hombre murió sin haberle dicho a nadie sobre el tesoro.
Por ese motivo, cada 24 de junio a las
12:00 de la noche la sirena se convierte en carne y hueso y nada por el ojo de
agua. Al amanecer, vuelve a convertirse en estatua a cuidar la olla de monedas
que no ha sido descubierta.
* El
Sambomono
En Tres Zapotes vivía Juanito, un niño
solitario, con su papá. Un día, otros niños descubrieron que a Juanito le había
salido pelo por todo el cuerpo y una cola; empezaron a burlarse y a llamarlo
‘Juanito el oso’.
Juanito, enfadado, le contó a su padre
que quería irse de allí para que nadie lo molestara nunca más.
Por lo tanto, Juanito decidió ir a vivir
al monte, declarando que mataría a cualquier persona que se acercara. Le
entregó a su papá un caracol de mar y le dijo que lo sonara cuando fuera a
visitarlo para que Juanito supiera que era él.
Pronto empezaron a escucharse gritos en
el monte; la gente empezó a desaparecer. Las personas creían que era un animal
y lo llamaron Sambomono.
El padre, avergonzado, nunca dijo que
era su hijo pero advirtió a la gente que si tenían que pasar por el monte,
tocaran un caracol.
* Danza
de los
negritos
En Papantla vivió una mujer africana
esclava con su hijo. Un día, su hijo fue mordido por una serpiente y para
salvarlo, ejecutó una ceremonia africana aplicada en esos casos; cantó, bailó y
gritó alrededor del joven.
Unos indígenas totonacos observaron la
actuación y como le gustaron los movimientos, decidieron imitarla y adaptarla a
su propia cultura. Así fue como nació la danza de los negritos.